miércoles, 23 de mayo de 2012

“Si me hubiera quedado acá, a lo mejor sería un Sergio Denis” (Parte II)


Entrevista realizada hace algunos años 
en la  ciudad bonaerense de Pergamino, mi pago chico.


Anclao en Costa Rica

            El terreno para que Ramiro Valente triunfara en Costa Rica y en gran parte de Centroamérica, estuvo abonado debido a que el mismo sello discográfico que lo patrocinaba en Argentina tenía una filial en aquel país. De alguna manera, no todo fue empezar de cero. Desde su llegada hasta su partida, pasando por su labor en empresas publicitarias, todo se fue configurando durante 12 años para dejar una huella que el actual Alfredo Laxague nombra tras cada evocación de su memoria:

Tenía dos opciones: un amigo que exportaba caballos de carrera me dijo “andate en un avión de éstos, te podés ir a Francia o a Centroamérica. Porque yo mando caballos a Miami, paran en Panamá y después siguen”. Y como en Francia todavía no había editado ningún tema mío, pero sí en Centroamérica -en Costa Rica que era la sede de CINDICA- dije “me conviene más acá porque estoy más cerca, conozco el idioma y ya había editado un disco, que era “Quédate conmigo un poco más”. Y bueno, me fui para allá en marzo del 77 y ahí hice toda mi carrera.

La CBS-Indica me esperó con todo los platillos para presentarme en televisión. No fue tan difícil. Lo que pasa que yo fui de acá sin guita. Porque en ese entonces para ganar plata en Argentina tenías que ser un número uno, un número dos. Yo en ese momento estaba cantando pero había que alquilar equipos de música, pagarle a los músicos por sindicato, un montón de inconvenientes para que me fuera sin un peso. Entonces al llegar allá aparenté tener unos mangos. Y me la rebusqué hasta que después puse agencia de publicidad y me fue bien. Allá me casé con la sobrina del presidente. Ya todo me cambió. Mi vida es para escribir un libro realmente.

Annabella es el nombre de la sobrina y Rodrigo Carazo quien por entonces era el presidente de Costa Rica. La centroamericana fue su segundo matrimonio. En los 70, el incidente que lo alejara de su país, también lo alejó de su primera esposa, oriunda como él de la ciudad de Pergamino.

— ¿Estar casado con la sobrina del presidente le trajo algún tipo de privilegios?

Yo ya estaba asentado, me fue bien porque lo que hacía no era tan malo. Pero también eso ayudó un montón.

Yo me acuerdo que el ministro de economía iba a mi casa, me golpeaba la ventana como a las tres de la mañana: “vení que estoy con el embajador de Honduras que quiere que le cantés unos tangos”. ¡Me iba a joder a las tres de la mañana! Allá les gusta mucho el tango. Gardel, por ejemplo, para ellos es increíble. Yo siempre era el guitarrero de la fiesta.

— Con su empresa de publicidad, ¿para qué empresas importantes trabajó?

Para la Pond´s, Mitsubishi, Almacén Electra, Daihatsu, y otras firmas internacionales. Y como era creativo de la agencia, también tenía que viajar continuamente a otros países para actualizar la campaña, para modelarla de acuerdo a la terminología del país.

El espaldarazo que ubicó a la empresa de Laxague como referente de dichas firmas, fue el hecho sin precedentes de diseñar la campaña presidencial con la que se consagrara el entonces candidato del Partido de Liberación Nacional, Luis Alberto Monge.

— ¿Y mientras tanto sus temas eran interpretados en países de Centroamérica?

Sí, sí. El tema más conocido mío fue “De flor y de piedra”. Y fue el caballito de batalla.

— Y luego ya sus temas fueron traducidos...

El tema en Francia me lo grabaron porque yo estuve en París y me lo hicieron traducir ahí. Porque se lo pasé a un tipo en castellano y le gustó. Pero cuando le hicieron la traducción, ahí le gustó más. Era un tema que habrá estado en el puesto 35-40 del ranking, no fue un boom allá.


Siempre se vuelve al primer amor

— ¿Cuándo decide volver a Pergamino?

Yo volvía casi todos los años acá, pero falleció mi madre y no pude llegar a tiempo. Así que en el 83 le dije al viejo, “mirá, el año que viene vengo”. Y en el año 84 llegué y ya me quedé con él porque estaba enfermo. Estar con él fue mi satisfacción. Como él no era muy musical, nunca tuve mucha comunicación. Era esa gente de antes, que no demostraban el cariño. Pero ya cuando estuvimos juntos, fue otra cosa. Yo tuve diálogos con él que no había tenido de chico.

Mi viejo era un rubio de ojos celestes, muy lindo tipo. Más lindo que yo. Mirá, ese que está ahí es, pintón de la gran siete...

Alfredo reposa su mirada en la pared por un instante tan largo como el tiempo que le costó entablar una relación genuina con ese “pintón de la gran siete”, que en un pequeño y amarillento retrato da cuentas de la elegancia que refiere su hijo.

A su manera, esa pared funciona como una especie de álbum familiar: al lado de la recia instantánea en blanco y negro del viejo Laxague, también aparece “doña Zavaleta”, como supo ser conocida en el barrio Martín Illia de la ciudad de Pergamino la madre de Alfredo, quien la recuerda con especial afecto, ya que ella fue quien lo acompañó en los primeros pasos de su itinerante carrera como cantante.

Los festivales folclóricos de la época fueron el caldo de cultivo para una voz que fuera advertida por el mítico Horacio Guaraní, cuando Alfredo Laxague apenas era un niño que cursaba sus estudios primarios:

— A mí me descubrió Horacio Guaraní a los 11 años. Fue en un festival en el club Argentino. Estaba cantando y cuando me escuchó se puso como loco: “a este chico me lo llevo”. Me sacaron de la escuela, mi vieja se fue conmigo a vivir a la casa de Guaraní, para que yo grabara y consiguiera un sello grabador.

Guaraní vivía en Coghland y con él fuimos a la CBS-Columbia, donde en la parte artística estaba Hernán Figueroa Reyes. Grabé el tema “Regalito” y el disco salió con la guitarra de Guaraní y una zamba que estaba del otro lado.

Y a partir de ahí empezó todo. Después no pude seguir porque tuve que estudiar, me fui a estudiar agronomía a Santa Fe. Y cuando terminé me fui a Buenos Aires a hacer lo mío, de joven, sin un mango.

Hernán no solamente me hizo grabar en CBS, sino que también me presenté en su programa en Canal 13, “El rincón de Hernán”. Ahí también canté en “Trasnoche 13”. Ya después grabé como Ramiro Valente, “El viejo disco” y “Con una copita de vino”.

— ¿Cómo es que nace su nombre artístico?

— Ramiro Valente me lo pusieron ellos. No me gustaba mucho el nombre porque Ramiro es español y Valente es un apellido italiano, no pegaba ni con cola, pero bueno, en ese entonces quería triunfar.

— ¿Su contacto con la música y la poesía fue a través de su madre?

— No, mi madre me acompaña a Buenos Aires y después se queda porque yo era chiquito. Allí se hizo muy amiga de la mujer de Guaraní.

Y siempre que el viejo pasaba por acá, paraba en mi casa. Yo tenía un patio grande con un jardín y pájaros y mi viejo decía: “andá a buscar un esqueleto de vino”. Entonces cantaban ahí en el patio y se juntaba todo el vecindario.
           
El avance de la urbanización en la ciudad de Pergamino en las últimas décadas fue implacable. Frente a la casa de Alfredo Laxague se erige un imponente supermercado, elevando un barrio que para los ojos del cantante se detuvo en el tiempo: “ahora está completamente desdibujado, es otra cosa. Antes era todo baldío, esta es una de las primeras casas acá en el barrio”.

            Es entonces cuando el recuerdo trae de nuevo las figuras antagónicas de sus padres, que no le dieron hermanos y que tan distinto se llevaban con la música:

— A mi padre no le gustaba porque mi vieja cantaba y a él tampoco le gustaba que ella cantara. Ella bailaba folclore, inauguró un montón de peñas acá.


            El primer envión de Alfredo Laxague sobre los escenarios se detuvo cuando debió retomar sus estudios secundarios. Esta vez no en la ciudad de Pergamino, sino en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fé: Sa Pereyra, en el colegio Cantón de Zárate. Allí, sus incursiones en la agronomía no le impidieron seguir adelante con su vocación. De esa experiencia conserva un afiche teñido con el color del paso del tiempo promocionando el  show de Cecotti Jazz, la orquesta que le tocó integrar con otro nombre artístico:

—Yo me llamaba Fredy. Auspiciaba Cerveza Santa Fe. Tenía mucho éxito. Empecé a cantar con ellos justo que un cantor se enfermó. Esa orquesta era de Pilar, Santa Fe y de la escuela estaba cerca.

— ¿Cuánto tiempo estuvo estudiando ahí?

Estuve cuatro años. Soy agrónomo yo.

— ¿Después de esto le tocó la colimba?

Sí, estuve trece meses y catorce días, en Campo de Mayo, en la Escuela de Caballería.

— ¿Allí podía alternar con la música?

Y ahí cantaba pero adentro, no podía salir. Podía salir de franco un día, pero a las seis de la mañana había que estar de vuelta.


El lugar que Alfredo Laxague habita es un pequeño refugio en el que todo está al alcance de la mano. Hasta su guitarra, que descansa silenciosa enfundada en un enlutado estuche y apoyada a su vez contra lo que representa un vestigio de su vida costarricense: la cocina ornamentada y cubierta por un armazón de paja, sostenido por dos postes de madera que escoltan lo que parece ser la barra de un bar. “Allá en Costa Rica todo lo que es cocina lo hacen así”, explica.

De dicha vida centroamericana también le quedan los recuerdos de sus “malos negocios”, a los que evoca con una despreocupada sonrisa:

— Hice mucha plata. Pero como la plata nunca me interesó, hice malos negocios. Un desastre con la plata soy, la tiré toda. Pero conozco gran parte del mundo, que es lo que siempre me gustó.

Y esa sonrisa despreocupada vuelve una vez más a tornarse nostálgica cuando le toca hablar, ya en el final de la charla, sobre las mujeres que alguna vez se cruzaron en su camino:

— La vida sentimental mía fue bastante inestable porque la carrera de un músico siempre es inestable. La compañera tiene que ser muy loca, muy musical para que esté con nosotros porque es muy difícil. El hogar es asentarse en un lugar y ser una familia tipo y tener hijos, cosas que yo no podía hacer.

— ¿A todas le compuso canciones?

No, no. Yo no soy de escribir temas así. A una sola, Annabella, a la chica de Costa Rica le hice un tema. No soy de escribir mucho sobre mí, sino que a veces recojo de las vivencias ajenas, las historias que veo, me imagino cómo fueron las relaciones.

— ¿Y cuándo empieza su relación con la composición?

Yo empiezo a componer de muy joven, a los trece, catorce años. Cuando es vocación siempre salen cosas. Los primeros temas míos fueron boleros, que se lo hice a una chica que se llamaba Clarisa Carlem, hija de alemanes, allá en la escuela de Santa Fe. Y a partir de esos dos boleros empecé a componer, tenía una necesidad de hacer una letra y luego de ponerle la música. Toco la guitarra y también un poco el piano. A veces me gusta componer con el piano.

— ¿En la actualidad tiene algún referente, alguien a quien admira?

A mí siempre me gustó Serrat. Me gusta la música que le gusta a cierto sector. Me gusta todo lo que sea profundo. Algunas cosas de Sabina, de Silvio Rodríguez, Joan Bautista Aumet y un montón de gente que no se conoce acá, que me traen de España. Hay una chica amiga que va continuamente a ver al hermano a Barcelona y me trae música interesante. Pero música popular generalmente escucho poco.

Sabina no es muy musical, el completo completo, el número uno, es Serrat, es lo máximo. Después hay un montón de inquietudes respecto de los trovadores  que también hacen buenas cosas. Pero hay que respetar a Serrat que es el padre nuestro.

Pero a los pibes le gusta más Sabina, porque es más zafado, porque chupa, se droga. Es el típico atorrante, y quién de los pibes no quiere ser un poco atorrante. Porque a las pibas les gustan los atorrantes. Están en esa movida, está bien. Yo también estuve en esa, ahora paré, porque ya es suficiente.

jueves, 17 de mayo de 2012

“Si me hubiera quedado acá, a lo mejor sería un Sergio Denis” (Parte I)


Entrevista realizada hace algunos años 
en la  ciudad bonaerense de Pergamino, mi pago chico.

Alfredo Laxague abre la puerta de su casa con mirada grande de ojos celestes e invita a pasar. La cordialidad del entrevistado es acompañada por un dejo ahumado en el ambiente, resto de la fogata que encendiera la noche anterior para calefaccionarse.

 Enseguida, ofrece un banco de hormigón armado donde antes reposaba el teléfono y disimulado en su rusticidad con un verde de la misma tonalidad con la que están revestidas puertas y ventanas.

En la actualidad Alfredo Laxague es el encargado de componer jingles comerciales para empresas que luego sonarán en la radio AM de la ciudad de Pergamino, al norte de la Provincia de Buenos Aires, a unos 220 kilómetros de la Capital Federal.

“Ahora estoy con una propuesta nueva”, dice. Se trata de producciones musicales para casamientos, cumpleaños de 15, aniversarios y todo aquel acontecimiento que se desee adornar con unos versos cantados por el mismísimo Ramiro Valente, aquel que cuando niño fuera descubierto en los escenarios por Horacio Guaraní, y que luego entablara amistad con Hernán Figueroa Reyes compartiendo más tarde actuaciones y giras con artistas como Trocha Angosta, Los Linces o Los Ángeles Negros.


La última producción que hicimos fue para una chica de 15 que se llama Noelia. Para cada evento tenemos una música diferente.

Cuando Laxague deja a un lado estas composiciones, le gusta enredarse en el recuerdo de la fama que lo acompañó siendo Ramiro Valente, así como en la modesta arrogancia de saber que el cantante platense Beto Orlando y su conjunto “Los Cuatro Soles”, no hubieran sido catapultados a la fama si no fuera por su canción “No me des tu adiós mi amor”.

Y el cantautor esgrime esa vanidad de forma categórica: “Beto Orlando me debe la vida a mí”, dice mientras recorre los pocos metros que separan la puerta de calle de otra que cierra “así estamos más tranquilos”, ocultando lo que hay del otro lado pero dejando al descubierto varios afiches que anuncian shows de épocas pasadas, pegados junto a recortes de diarios que hablan de un joven y apuesto Ramiro Valente, como el que muestra una gran foto enmarcada y colgada en una de las paredes laterales.

Él grabó en el 70 y el boom grande fue en Rosario. Y fue un tema que después con tantas versiones y ediciones vendió unos 500 mil discos en la Argentina. Cosa inédita, sólo los grandes éxitos como el de Sandro o los de Favio vendieron esa cantidad de discos acá.

Alfredo Laxague había sido tentado en la década del 70 por un sello discográfico para formar parte de un conjunto que interpretaría su más reciente composición. Sin embargo, decidió rechazar el ofrecimiento que luego llevaría a Beto Orlando a recibir los aplausos que a él le hubieran correspondido. Así lo recuerda:

—Lo rechazo porque la idea era sacar un conjunto que se llamara como Los Galos o Los Ángeles Negros: Los 4 Soles. Y yo quería ser solista y sonar con mi nombre. Entonces EMI-Orión hizo un rastreo para conseguir una voz que diera con el perfil que ellos querían. Entonces eligieron a este chico de La Plata y sacaron el tema mío que ya estaba. Y el éxito que tuvo fue increíble. Lo grabó acá Pepito Pérez también, que vendió 40 mil discos de ese tema, a pesar de que ya lo había grabado Beto Orlando y que había vendido un montón.


Por fin, llega la fama

            Su ansiado reconocimiento como solista llegaría un tiempo después y de él atesora, entre otras cosas, un puñado de amarillentos y ajados recortes de diarios y revistas de la época, ordenados dentro de un folio al que busca en la mesa, entre un revuelto de cedés y libros:

— Como Ramiro Valente metí varios discos. “Quédate conmigo un poco más”, por ejemplo fue un tema que vendió bien. El otro día encontré estos recortes de la Radiolandia, TV Guía: esto fue, por ejemplo, la última gira que hice con Trocha Angosta y Matías en Las Breñas, en Chaco. Esa fue la última, antes de irme a Costa Rica.

            Cada hoja parece tener una historia que contar y las ofrece a todas para que se las contemple y explica:

—Por ejemplo en la TV Guía venían los éxitos del momento. Esta era una hoja donde traía las canciones. Y acá está “Quédate conmigo un poco más”, de Ramiro Valente. Esto por ejemplo es Crónica, en Buenos Aires. Sacaban artículos interesantes. Acá están Los Visconti, acá estoy yo.
Yo no fui número uno, pero sí he estado entre los 15 que más vendían y más popularidad tenían en ese entonces; porque a través de mis presentaciones en “Domingos estudiantiles” de Canal 9 estuve un año y medio prácticamente, todos los domingos. A mí me veían en Buenos Aires, en el centro, y la gente se arrimaba a pedirme que le firmara un autógrafo. Claro, me veían tanto en televisión que ya era una cara conocida.

            Alfredo Laxague habla de su pasado como Ramiro Valente con entusiasmo y nostalgia, imaginando qué hubiera pasado si su fama seguía in crescendo. No lo dice, pero otros programas de televisión lo tuvieron también como cantante invitado: “Sábados Circulares”, “Sábados Continuados”, “La bota de las 7 leguas” y “Musicalísimo” de Juan Alberto Badía.

— Yo si me hubiera quedado acá, a lo mejor sería en este momento, no te digo un Sandro, porque a lo mejor no se hubiera dado, pero sí un Sergio Denis, que es un tipo que tampoco fue un gran éxito, pero que siempre estuvo metido, siempre está en el ambiente, siempre actúa.

Su éxito casi lo lleva a la cresta de la ola pero se tuvo que ir del país antes, según un incidente que Laxague se encarga de contar:

— Yo me fui en el ΄77 porque hice un tema, “El cuarto de la sirvienta”, que no le gustó a los militares.

Alfredo hace una pequeña pausa en su relato y elevando un poco la vista como para ayudar a la memoria, recita:

 — “El cuarto fue construido pensando en ella, detrás del lavadero y en forma estrecha. Tal vez el ingeniero que hizo la cuenta le deba algunos metros a su conciencia. Dos por dos, suficiente. Total se arregla. Qué poco importa el cuarto de la sirvienta”. Yo no estaba en ningún brazo armado, pero para ellos era un tipo peligroso. Yo hacía cosas como cualquier pibe de 20 años que tiene idealismos y que ve la vida como hay que verla. Yo conozco un montón de gente que va a estudiar y que son líricos, son idealistas, son de izquierda, y cuando se reciben de abogados, por ejemplo, tienen la ideología del bolsillo. Y ya cambian completamente. Yo seguí en la misma línea porque a mí la plata nunca me interesó.

— Entonces llega a Costa Rica en el 77 en una especie de exilio...
No, no fue un exilio. Bueno, ponele. Yo me fui allá por las dudas. Como no sé nadar... Nos tiraban al Río de La Plata... Y más si eras un poco desconocido, porque no creo que a Mercedes Sosa la hubieran tirado al Río de La Plata, hubiera sido muy notorio.

— Pero a Cafrune...
Lo mataron con el caballo, sí. Nadie fue, pero una camioneta lo pasó por encima.

— ¿Cómo se enteró que su canción, “El cuarto de la sirvienta”, no era vista con buenos ojos por la Junta Militar?
Porque fueron los militares a Music Hall, el sello grabador.

— ¿Y A usted cómo se lo transmitieron?
Con la recepcionista, el director musical, el dueño, todos éramos compañeros, y ahí nomás me dijeron: “Che mirá, vinieron de allá y dijeron tal cosa”. Y bueno, el tema estaba por pegar. Favio me dijo una vez, “si no triunfás con este tema, no triunfás más”. Y lo quería grabar él. Y yo le dije, “no, mirá, dejá que lo grabe yo primero”. Claro, porque Favio, el Turco, cuando ve una cosa así te la roba. No te roba el tema, pero él quiere grabarlo primero.

— Usted no lo vivió como un exilio, ¿pero sabían en Costa Rica cuál era una de las causas por la que usted llegaba ahí?
Sí, yo lo contaba poco, porque como no fue muy importante. Yo no fui forzado a irme. Los demás temas eran melódicos, yo preferí hablar de otras cosas.


lunes, 2 de abril de 2012

La arribeña (interpretación libre sobre el nacimiento de una zamba)


Llegó con el pelo revuelto; su poncho tenía polvo y enganchados unos espinillos. En un saco de arpillera llevaba una guitarra.

Detrás suyo, el caballo seguía las órdenes que le daba con una rienda curtida como esa cara, como esas manos. Su semblante monolítico albergaba una tristeza crepuscular como toda expresión.

Ató el animal al palenque vecino del algarrobo y me pidió que le sirviera una copa de vino.

Sentado bajo el alero y en la silla que yo había ocupado hasta entonces, tomó entre sus brazos la guitarra. Primero como un susurro y luego como un bramido de la tierra, comenzó a cantar una melodía.

Un rabo de nube, intentaba eclipsar el sol del atardecer:


Zambita arribeña,
¿de dónde vendrás?
quién sabe qué ausencias
y qué nostalgias, llorarás...

Allá en las quebradas
y en el pajonal
se estira tu canto como un lamento
del piedral.

Por esos cerros
se llevan los vientos
los tristes acentos
de mi soledad
a veces el llanto
se vuelve canto
en el andar.

Zambita arribeña
tal vez un amor
te dio la tristeza
que en estos tiempos sufro yo.

Caminos andando
quién sabe por qué
igual que la zamba,
con un recuerdo viviré.

(Atahualpa Yupanqui)

sábado, 31 de marzo de 2012

La hora sin sombra



Sobre el final de mi jornada trabajo, las palabras rellenaban el espacio de ocio que me inventaba en los minutos previos a que una señal diera por terminado este asunto del laburo.


Ante Pedro, mi voz describía con magnificencia la aventura del fin de semana pasado, hasta que un graznido la interrumpió: ¿Qué pasó? – era Mirtha, que con cada aparición dejaba tras de sí una estela dulce que vino a clavarse esta vez, en los confines de mi nariz.

“Les contaba cuando cumplí mi deseo de ir al campo” fue mi entusiasta expresión que sin embargo se adivinaba banal en sus ojos.

De todos modos, proseguí describiendo mis intimidades ante los desconocidos: Yo le podría haber dicho a los tíos de mi hermana, que son puesteros; pero ¿quién iba a querer ser el anfitrión de un tipo que lo único que quería era estar SOLO?- En esta acentuación que ahora traduzco en mayúsculas, quería poner el énfasis de lo que ello significaba: sin oir a nadie, sin asuntos que atender, sin palabras que pronunciar.

¿Sabés qué es un puestero?- cuarteó Pedro, ante la estupefacción de Mirtha, ojos grandotes graficando su ignorancia sincerada en un “no, ¿qué es?”.

Es como decir un casero – ilustró Pedro – Dale, seguí.

Entonces -obedecí- si quería estar solo, más me valía ser mi propio genio de la lámpara.

El asfalto del boulevard de mi infancia terminaba cuando la ruta provincial lo cruza ofreciendo dos destinos: Rosario a la izquierda, San Nicolás a la derecha. Más allá, el camino de tierra todavía significaba para mí el mismo misterio que me asaltaba a diario quince años atrás, cabeza contra el vidrio de la ventanilla del colectivo que me devolvía a casa después de la escuela. ¿A dónde irá?

Quince años después y montado al desvencijo de una bicicleta, sería la forma en que pondría fin a aquel enigma, al tiempo que intentaría saciar mi deseo rural.

¿No hay un mate por acá? – se sumó reclamando Susana.

Boluda, estás más rubia- Hizo zapping Mirtha.

Para entonces yo ya estaba inmerso en el misterio y no retomaría el relato. Que entienda lo que pueda.

Cara al sol contra el viento, sin recelos por el pelo y el cutis que tanto hubieran cuidado ellas, avanzaba en la bici derecho, intentando despojarme de tanta urbanidad acumulada.

Una hora estuve así.

- ¡Ay, Dios!- chilló Mirtha.

- Cero bici vos Mirtha, ¿eh?- intentó consolarme a un tiempo Susana. Pedro viajaba conmigo, y también sentía la brisa en la cara.

Una hora estuve así -insistí-, hasta que el rugido de los camiones y el zumbido de los autos quedaron atrás. Solo el destartalo de mi móvil y el rumor de cubiertas gastadas sobre la huella de tierra, que de un momento a otro también me resultaron molestos. De modo que me detuve en aquella marcha al vacío. Y fue como detener, a su vez, la marcha del tiempo.

Había frotado la lámpara y ahí estaba mi deseo: Solo, en medio del campo, sin oir a nadie, sin asuntos que atender, sin palabras que pronunciar.

No tuve más que bajar de la bici, dejarla tirada en medio del camino y tirarme yo a un costado, sobre el pasto amarillo por la helada. Sobre el cielo diáfano un chimango planeaba pacientemente con sus alas extendidas, en la difícil tarea de adivinar dónde era realmente el lugar en que los teros tenían los huevos que mentían desde abajo.

También oí de nuevo zumbidos, pero esta vez de moscas o abejas que luchaban tenazmente contra el viento que agitaba la copa de hercúleos eucaliptus y traía voces lejanas, que a esa hora huían del paréntesis que ofrecía la siesta.

- ¿Y qué hiciste después, o te quedaste ahí tirado?- casi a dúo, sus voces me sacudieron como un trapo mugriento de polvo.

- Me subí de nuevo a la bici y avancé un poco más, hasta el límite que me impuso la amenaza de unos perros gigantes, como a cincuenta metros.

El noticiero en la radio me dio la señal. Ya era mediodía.

- Me tengo que ir.

- Yo te entiendo, varón – Pedro me estrechó la mano en un apretón tan firme como su voz, pero que sonaba como un susurro entre edificios y se estampaba ahora, junto con lo épico de mi aventura, contra la muralla de la indiferencia de Mirtha y Susana.

Dos pasos me bastaron para llegar hasta ellas.

Les acerqué la cara y les puse el cachete para el beso y cumplir así con el rito de la forzada camaradería en la oficina.

Sus estelas ya no eran dulces. Ahora hedían a smog.

jueves, 22 de marzo de 2012

Decesos





En el sitio web "Cuentos y más, la página de los textos cortos", 
hubo una propuesta para escribir un cuento breve íntegramente 
con palabras que empiecen con la letra "D".
He aquí el mío, publicado también en este link



Disco duro de Drácula desdentado.
Diremos directamente: Dionisio disparó doce dardos desde donde, denodadamente, deliberó dirección, dólares.
Domingo, día de Dios. Dintel despejado; dedos disciplinados, displicentes.
Dos difuntos, diarios discretos, democracia duradera.







sábado, 4 de febrero de 2012

Cuña pirú *


Tras la tenue columna de humo que ascendía desde una modesta fogata, su figura delgada se insinuaba. Un pilar de ladrillos le servía de asiento y allí dejaba que sus pies descalzos se balanceen en el aire. La custodiaba un guatambú de torso manchado y un poste de luz amarilla, también tenue. Sus manos a veces entrelazaban sus rodillas o descansaban en sus faldas, mientras que otras veces peinaban su cabello húmedo.

Se oían grillos, el crepitar de la leña, diálogos y risas lejanas; pero por sobre todas las cosas se oía la caída del agua del salto cercano, el Cuña pirú, con su rumor espumoso e interminable que azotaba las piedras al desvanecerse en el arroyo.

¿A qué remite la imagen de una guitarra en reposo?: al vibrar de sus bordonas, al tañir de sus primas, tal vez al árbol que la contuvo, a la labor de su luthier. ¿Qué ofrecía la imagen de esa mujer –también en reposo- contemplando un punto lejano, allá donde la penumbra dominaba el lugar? Pues pura eyección agazapada, contenida en los pensamientos que bullían en esa mente, que buscaban salir hacia afuera con fuerza y materializarse en un rumor constante que azotara las piedras y se desvaneciese en el arroyo.

Bramaba en pensamientos como el salto. Podría haber sido el mismísimo Cuña pirú.



* Cuña pirú: "mujer flaca", en guaraní.

domingo, 8 de enero de 2012

Viaje al preludio del Océano Atlántico




Cruzando en sentido Oeste-Este la provincia de Río Negro, el camino se extiende atravesando largos trechos de árida estepa, o vadeando enormes formaciones rocosas prolijamente erosionadas por el viento y –tal vez- por el agua prehistórica. Todo es un inconmensurable montaje natural, donde las escenas tienden a repetirse y donde cada porción verde parece resguardada como si fuera un tesoro.



Las alas extendidas de los cuervos o chimangos así como los arbustos inclinados como en reverencia, dan testimonio del viento que les toca soportar y amoldarse respectivamente.

En una jornada de verano, el amo y señor de la Patagonia es despojado del frío que suele traer desde la Cordillera cargándose de humedad, templándose al sol y ofreciendo al mediodía temperaturas de hoguera. Sin embargo, estas condiciones se convierten en oportuno gualicho que da lugar y fertiliza sendos valles que atemperan el camino. Entonces, la fruta es protagonista aceitando toda una cadena productiva en derredor.

Aquí las pendientes del camino que forman las mesetas, mezquinan la fertilidad guareciéndola como si fuera un puñado de tierra entre las manos. A cambio, el río en su serpenteo salpica de árboles el paisaje aún un poco más allá de los cultivos y plantaciones.

Así, el Alto Valle primero y el Valle Medio después descansan y se extienden toda vez que el camino trepa nuevamente. Entonces, de nuevo, lo árido de la Patagonia. Sólo algunas construcciones intentan atenuar con sus paredes coloridas este paisaje agreste de dominantes tonalidades marrón y verde.

Los pueblos que se levantan a un lado y otro del camino expresan una mixtura mapuche-asesino-científica. Así se puede encontrar por ejemplo la trilogía Chimpay, Coronel Belisle y Darwin: La cuna del santo mapuche Ceferino Namuncurá, el homenaje al soldado de la conquista del desierto y la evocación al naturalista.

A lo largo de estos recesos desérticos, de momentos el viento -aburrido- se pone a juntar tierra: la recoge, la sacude y la envuelve en un remolino que crece en volumen con los metros acumulados en el recorrido. Después, se desarma. El polvo mezclado vuelve al suelo y el viento a su andar. Corriendo en cualquier dirección, parece ser el único en no respetar el infinito cinturón perimetral de postes y alambres de púas, tan camuflado y anónimo como el follaje ralo de los arbustos.

A veces, esta marcha de altibajos puede ser advertida por el estómago que experimenta un revoltijo, por los oídos que de a ratos se tapan y parecen estallar y hasta por la cabeza, que puede padecer un ligero dolor.

En viaje al preludio del océano Atlántico, las noticias de éste comienzan a llegar frente a la inmaculada mancha que se derrama al costado del camino, a lo largo de varios kilómetros. Se trata de la salina el Gualicho, que devuelve los rayos del sol tiñendo de azul celeste el horizonte.

Yo ya conocía el mar. Había ido por primera vez en Agosto del dos mil seis a Mar del Plata. Era una fecha atípica para conocer el mar ya que el invierno podía jugarme una mala pasada. Lo sabía perfectamente, por eso no me sorprendieron mis pies morados tras algunos minutos en aquella agua congelada.

Ahora podía ser la revancha.

Desde el camino, el mar dominaba la visión en forma de horizonte recostado sobre rocas. Aquí la Patagonia termina abruptamente en un empinado escalón, formando un acantilado desde donde se zambulle en esa descomunal masa azul de agua. Este interminable manto tornasolado de donde el sol matutino arranca destellos que encandilan los ojos, ha embestido pacientemente durante décadas este acantilado hasta formar grutas que se extienden por la costa varios metros.

A mi encuentro íntimo acudí descalzo y estupefacto, como si no hubiera superado el impacto aquella primera vez. Con insistencia, las olas alisaban la arena de toda la playa. Llegaban y se desmoronaban en espuma. Esa parecía ser la única actividad del mar porque hasta donde se alcanzaba a ver, todo era calma.

Caminé aguas adentro ensayando decisión. Las pequeñas y pertinaces olas fueron abrazándome hasta inundar mis pantalones y entonces sí: tomé aire con coraje, metí algo de panza y me zambullí de cabeza.

Tras algunos segundos de inmersión e inútiles brazadas, hice pie en la arena inundada y asomé la cabeza con aire triunfal. Supongo que nadie se percató del iniciático acontecimiento que me dejó salada la comisura de los labios, como si hubiera hecho un buche con bicarbonato.

Ahora, el viento cálido de la Patagonia había transmutado en una fresca brisa que me erizaba la piel. Mientras, gaviotas y loros de la barranca dominaban el aire. Poco tuve para hacer ahí adentro, donde no tardé en sentirme ajeno. A gusto, pero ajeno.