Entrevista realizada hace algunos años
en la ciudad bonaerense de Pergamino, mi pago chico.
Anclao en Costa Rica
El
terreno para que Ramiro Valente triunfara en Costa Rica y en gran parte de
Centroamérica, estuvo abonado debido a que el mismo sello discográfico que lo
patrocinaba en Argentina tenía una filial en aquel país. De alguna manera, no
todo fue empezar de cero. Desde su llegada hasta su partida, pasando por su
labor en empresas publicitarias, todo se fue configurando durante 12 años para
dejar una huella que el actual Alfredo Laxague nombra tras cada evocación de su
memoria:
— Tenía dos opciones: un amigo que exportaba caballos de
carrera me dijo “andate en un avión de éstos, te podés ir a Francia o a
Centroamérica. Porque yo mando caballos a Miami, paran en Panamá y después
siguen”. Y como en Francia todavía no había editado ningún tema mío, pero sí en
Centroamérica -en Costa Rica que era la sede de CINDICA- dije “me conviene más
acá porque estoy más cerca, conozco el idioma y ya había editado un disco, que
era “Quédate conmigo un poco más”. Y bueno, me fui para allá en marzo del 77 y
ahí hice toda mi carrera.
La CBS-Indica me
esperó con todo los platillos para presentarme en televisión. No fue tan
difícil. Lo que pasa que yo fui de acá sin guita. Porque en ese entonces para
ganar plata en Argentina tenías que ser un número uno, un número dos. Yo en ese
momento estaba cantando pero había que alquilar equipos de música, pagarle a
los músicos por sindicato, un montón de inconvenientes para que me fuera sin un
peso. Entonces al llegar allá aparenté tener unos mangos. Y me la rebusqué
hasta que después puse agencia de publicidad y me fue bien. Allá me casé con la
sobrina del presidente. Ya todo me cambió. Mi vida es para escribir un libro
realmente.
Annabella es el
nombre de la sobrina y Rodrigo Carazo quien por entonces era el presidente de Costa
Rica. La centroamericana fue su segundo matrimonio. En los 70, el incidente que
lo alejara de su país, también lo alejó de su primera esposa, oriunda como él
de la ciudad de Pergamino.
—
¿Estar casado con la sobrina del presidente le trajo algún tipo de privilegios?
—
Yo ya
estaba asentado, me fue bien porque lo que hacía no era tan malo. Pero también
eso ayudó un montón.
Yo me acuerdo que el ministro de economía iba a mi casa, me
golpeaba la ventana como a las tres de la mañana: “vení que estoy con el
embajador de Honduras que quiere que le cantés unos tangos”. ¡Me iba a joder a
las tres de la mañana! Allá les gusta mucho el tango. Gardel, por ejemplo, para
ellos es increíble. Yo siempre era el guitarrero de la fiesta.
—
Con su empresa de publicidad, ¿para qué empresas importantes trabajó?
—
Para la
Pond´s, Mitsubishi, Almacén Electra, Daihatsu, y otras firmas internacionales.
Y como era
creativo de la agencia, también tenía que viajar continuamente a otros países
para actualizar la campaña, para modelarla de acuerdo a la terminología del
país.
El espaldarazo que ubicó a la empresa de Laxague como
referente de dichas firmas, fue el hecho sin precedentes de diseñar la campaña
presidencial con la que se consagrara el entonces candidato del Partido de
Liberación Nacional, Luis Alberto Monge.
—
¿Y mientras tanto sus temas eran interpretados en países de Centroamérica?
—
Sí, sí.
El tema más conocido mío fue “De flor y de piedra”. Y fue el caballito de
batalla.
—
Y luego ya sus temas fueron traducidos...
—
El tema
en Francia me lo grabaron porque yo estuve en París y me lo hicieron traducir
ahí. Porque se lo pasé a un tipo en castellano y le gustó. Pero cuando le
hicieron la traducción, ahí le gustó más. Era un tema que habrá estado en el
puesto 35-40 del ranking, no fue un boom allá.
Siempre se vuelve al primer amor
—
¿Cuándo decide volver a Pergamino?
—
Yo volvía
casi todos los años acá, pero falleció mi madre y no pude llegar a tiempo. Así
que en el 83 le dije al viejo, “mirá, el año que viene vengo”. Y en el año 84
llegué y ya me quedé con él porque estaba enfermo. Estar con él fue mi
satisfacción. Como él no era muy musical, nunca tuve mucha comunicación. Era
esa gente de antes, que no demostraban el cariño. Pero ya cuando estuvimos
juntos, fue otra cosa. Yo tuve diálogos con él que no había tenido de chico.
Mi viejo era un rubio de ojos celestes, muy lindo tipo. Más
lindo que yo. Mirá, ese que está ahí es, pintón de la gran siete...
Alfredo reposa su
mirada en la pared por un instante tan largo como el tiempo que le costó
entablar una relación genuina con ese “pintón de la gran siete”, que en un
pequeño y amarillento retrato da cuentas de la elegancia que refiere su hijo.
A su manera, esa
pared funciona como una especie de álbum familiar: al lado de la recia
instantánea en blanco y negro del viejo Laxague, también aparece “doña
Zavaleta”, como supo ser conocida en el barrio Martín Illia de la ciudad de
Pergamino la madre de Alfredo, quien la recuerda con especial afecto, ya que
ella fue quien lo acompañó en los primeros pasos de su itinerante carrera como
cantante.
Los festivales folclóricos de la época
fueron el caldo de cultivo para una voz que fuera advertida por el mítico
Horacio Guaraní, cuando Alfredo Laxague apenas era un niño que cursaba sus estudios
primarios:
— A mí me descubrió Horacio Guaraní a los
11 años. Fue en un festival en el club Argentino. Estaba cantando y cuando me
escuchó se puso como loco: “a este chico me lo llevo”. Me sacaron de la
escuela, mi vieja se fue conmigo a vivir a la casa de Guaraní, para que yo grabara
y consiguiera un sello grabador.
Guaraní vivía en Coghland y con él fuimos
a la CBS-Columbia, donde en la parte artística estaba Hernán Figueroa Reyes.
Grabé el tema “Regalito” y el disco salió con la guitarra de Guaraní y una
zamba que estaba del otro lado.
Y a partir de ahí empezó todo. Después no
pude seguir porque tuve que estudiar, me fui a estudiar agronomía a Santa Fe. Y
cuando terminé me fui a Buenos Aires a hacer lo mío, de joven, sin un mango.
Hernán no solamente me hizo grabar en
CBS, sino que también me presenté en su programa en Canal 13, “El rincón de
Hernán”. Ahí también canté en “Trasnoche 13”. Ya después grabé como Ramiro
Valente, “El viejo disco” y “Con una copita de vino”.
— ¿Cómo es que nace su
nombre artístico?
— Ramiro Valente me lo pusieron ellos. No
me gustaba mucho el nombre porque Ramiro es español y Valente es un apellido
italiano, no pegaba ni con cola, pero bueno, en ese entonces quería triunfar.
— ¿Su contacto con
la música y la poesía fue a través de su madre?
— No, mi madre me acompaña a Buenos Aires
y después se queda porque yo era chiquito. Allí se hizo muy amiga de la mujer
de Guaraní.
Y siempre que el viejo pasaba por acá,
paraba en mi casa. Yo tenía un patio grande con un jardín y pájaros y mi viejo decía:
“andá a buscar un esqueleto de vino”. Entonces cantaban ahí en el patio y se
juntaba todo el vecindario.
El avance de la urbanización en la ciudad
de Pergamino en las últimas décadas fue implacable. Frente a la casa de Alfredo
Laxague se erige un imponente supermercado, elevando un barrio que para los
ojos del cantante se detuvo en el tiempo: “ahora está completamente
desdibujado, es otra cosa. Antes era todo baldío, esta es una de las primeras
casas acá en el barrio”.
Es entonces
cuando el recuerdo trae de nuevo las figuras antagónicas de sus padres, que no
le dieron hermanos y que tan distinto se llevaban con la música:
— A mi padre no le gustaba porque mi
vieja cantaba y a él tampoco le gustaba que ella cantara. Ella bailaba
folclore, inauguró un montón de peñas acá.
El primer
envión de Alfredo Laxague sobre los escenarios se detuvo cuando debió retomar
sus estudios secundarios. Esta vez no en la ciudad de Pergamino, sino en un
pequeño pueblo de la provincia de Santa Fé: Sa Pereyra, en el colegio Cantón de
Zárate. Allí, sus incursiones en la agronomía no le impidieron seguir adelante
con su vocación. De esa experiencia conserva un afiche teñido con el color del
paso del tiempo promocionando el show de
Cecotti Jazz, la orquesta que le tocó integrar con otro nombre artístico:
—Yo me llamaba Fredy. Auspiciaba Cerveza
Santa Fe. Tenía mucho éxito. Empecé a cantar con ellos justo que un cantor se
enfermó. Esa orquesta era de Pilar, Santa Fe y de la escuela estaba cerca.
—
¿Cuánto tiempo estuvo estudiando ahí?
—
Estuve
cuatro años. Soy agrónomo yo.
—
¿Después de esto le tocó la colimba?
—
Sí,
estuve trece
meses y catorce días, en Campo de Mayo, en la Escuela de Caballería.
—
¿Allí podía alternar con la música?
— Y ahí cantaba pero
adentro, no podía salir. Podía salir de franco un día, pero a las seis de la
mañana había que estar de vuelta.
El lugar que Alfredo Laxague habita es un pequeño refugio
en el que todo está al alcance de la mano. Hasta su guitarra, que descansa
silenciosa enfundada en un enlutado estuche y apoyada a su vez contra lo que
representa un vestigio de su vida costarricense: la cocina ornamentada y
cubierta por un armazón de paja, sostenido por dos postes de madera que escoltan
lo que parece ser la barra de un bar. “Allá en Costa Rica todo lo que es cocina
lo hacen así”, explica.
De dicha vida centroamericana también le quedan los
recuerdos de sus “malos negocios”, a los que evoca con una despreocupada
sonrisa:
— Hice mucha plata. Pero como la plata nunca me interesó,
hice malos negocios. Un desastre con la plata soy, la tiré toda. Pero conozco
gran parte del mundo, que es lo que siempre me gustó.
Y esa sonrisa despreocupada vuelve una vez más a tornarse
nostálgica cuando le toca hablar, ya en el final de la charla, sobre las
mujeres que alguna vez se cruzaron en su camino:
— La vida sentimental mía fue bastante inestable porque la
carrera de un músico siempre es inestable. La compañera tiene que ser muy loca,
muy musical para que esté con nosotros porque es muy difícil. El hogar es
asentarse en un lugar y ser una familia tipo y tener hijos, cosas que yo no
podía hacer.
—
¿A todas le compuso canciones?
— No, no. Yo no soy de
escribir temas así. A una sola, Annabella, a la chica de Costa Rica le hice un
tema. No soy de escribir mucho sobre mí, sino que a veces recojo de las
vivencias ajenas, las historias que veo, me imagino cómo fueron las relaciones.
—
¿Y cuándo empieza su relación con la composición?
—
Yo
empiezo a componer de muy joven, a los trece, catorce años. Cuando es vocación
siempre salen cosas. Los primeros temas míos fueron boleros, que se lo hice a
una chica que se llamaba Clarisa Carlem, hija de alemanes, allá en la escuela
de Santa Fe. Y a partir de esos dos boleros empecé a componer, tenía una
necesidad de hacer una letra y luego de ponerle la música. Toco la guitarra y
también un poco el piano. A veces me gusta componer con el piano.
—
¿En la actualidad tiene algún referente, alguien a quien admira?
—
A mí
siempre me gustó Serrat. Me gusta la música que le gusta a cierto sector. Me
gusta todo lo que sea profundo. Algunas cosas de Sabina, de Silvio Rodríguez,
Joan Bautista Aumet y un montón de gente que no se conoce acá, que me traen de
España. Hay una chica amiga que va continuamente a ver al hermano a Barcelona y
me trae música interesante. Pero música popular generalmente escucho poco.
Sabina no es muy musical, el completo completo, el número
uno, es Serrat, es lo máximo. Después hay un montón de inquietudes respecto de
los trovadores que también hacen buenas
cosas. Pero hay que respetar a Serrat que es el padre nuestro.
Pero a los pibes le gusta
más Sabina, porque es más zafado, porque chupa, se droga. Es el típico
atorrante, y quién de los pibes no quiere ser un poco atorrante. Porque a las
pibas les gustan los atorrantes. Están en esa movida, está bien. Yo también
estuve en esa, ahora paré, porque ya es suficiente.

