Tras la tenue columna de humo que ascendía desde una modesta fogata, su figura delgada se insinuaba. Un pilar de ladrillos le servía de asiento y allí dejaba que sus pies descalzos se balanceen en el aire. La custodiaba un guatambú de torso manchado y un poste de luz amarilla, también tenue. Sus manos a veces entrelazaban sus rodillas o descansaban en sus faldas, mientras que otras veces peinaban su cabello húmedo.
Se oían grillos, el crepitar de la leña, diálogos y risas lejanas; pero por sobre todas las cosas se oía la caída del agua del salto cercano, el Cuña pirú, con su rumor espumoso e interminable que azotaba las piedras al desvanecerse en el arroyo.
¿A qué remite la imagen de una guitarra en reposo?: al vibrar de sus bordonas, al tañir de sus primas, tal vez al árbol que la contuvo, a la labor de su luthier. ¿Qué ofrecía la imagen de esa mujer –también en reposo- contemplando un punto lejano, allá donde la penumbra dominaba el lugar? Pues pura eyección agazapada, contenida en los pensamientos que bullían en esa mente, que buscaban salir hacia afuera con fuerza y materializarse en un rumor constante que azotara las piedras y se desvaneciese en el arroyo.
Bramaba en pensamientos como el salto. Podría haber sido el mismísimo Cuña pirú.
* Cuña pirú: "mujer flaca", en guaraní.

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